Razones, rezos y palabras



No hay peor engaño que el que se sigue creyendo, aún 20 años después. Ingresé a Letras Hispánicas con la convicción de que sería escritor. Las risas de mis profesores de entonces me debieron haber disuadido entonces. No lo lograron.
Yo venía de una casa a salto de mata entre las presiones de los bancos y las deudas de mis papás. La única manera de ser en el mundo era a través de la literatura. Yo había pensado que tenía algo qué decir, ahora sé que no, pero resisto a través de mi escritura.
Entonces yo quería estudiar “Filosofía y Letras”,claro, tenía 16 y no tenía ni idea de que eso hacía años que no existía en la UdeG. En casa había una pequeña biblioteca con enciclopedias, diccionarios y novelas de misterio y algún otro coyuntural: ahí leí mi primera novela policiaca de un autor que he olvidado y que el tiempo tampoco perdonó la permanencia de su título. Luego vinieron Kafka y E. A. Poe; Neruda y Sor Juana, el Fausto y Hesse; me salvé de Nietzsche por poquito, pero leí a Dostoievsky y ahí se arruinó todo: poeta vil... y borgeano.
También tuvo que ver que en casa no teníamos televisión y entonces no había celulares ni pantallas planas. Solo libros.
La abuela tenía una primera edición de Cien años de soledad y en noches desesperadas leía el mundo circular de Macondo y los Aurelianos y José Arcadios.
No sé en qué momento comencé a escribir como método de supervivencia. Tampoco sé la manera en la que encontré en la escritura un refugio y una forma de ganarme la vida. Lo intuyo: nadie más contará mi historia, así que iré de a poco hilando estas ideas y recuerdos inconexos para ver si logro dilucidar cuál es mi relación con la escritura.
Esta es la historia amor-odio que he tenido con la escritura: los párvulos, los vericuetos y los descalabros; la flojera infinita, el caos primigenio en el que hierven las ideas, la obligación casi compulsiva de crear, a partir de la nada, un texto artístico o la obligación insana de los trabajos bajo presión. Al final, la satisfacción de ver un texto, luego un libro publicado. Luego otro. Luego nada. El olvido. En esta historia no hay final feliz, pero quizá sí mucha diversión.
Producir escritura siempre me pareció fastidioso —hasta doloroso, en ocasiones— para las actividades escolares. No tengo un solo recuerdo feliz de la primaria ni de la secundaria en el que me haya sentido orgulloso de algo que hubiera escrito. Nunca me consideré especial, no me considero especial ahora que en cierta manera he vivido de escribir. Quizá haya sido a partir del taller de Literatura de los profesores de preparatoria que mi interés en esto de —dice Pizarnik que dijo Apollinaire— llenar el vacío — ¿vital?— amontonando una palabra tras otra, haya brotado como maná en el desierto. Aunque antes, durante un ejercicio de la clase de Español en el Bachillerato, supe que podía ser libre frente a una hoja en blanco (la expresión se la escuché a Iliana Hernández Arce). Ahora que regreso a esos recuerdos, tenía un amigo al que yo admiraba (mayor que yo) y que escribía textos surrealistas (ahora sé eso; entonces solo pensaba que eran nonsenses, pero igual me gustaban muchísimo) y empecé a amontonar palabras, una tras otra, sin orden ni contento. Quizá tenía 12 o 13 años.
Leer “Continuidad de los parques”, de Cortázar me voló la cabeza cuando era un adolescente: ¿cómo diablos un montoncito de palabras puede provocar tal vértigo en sus lectores? No creo igualar nunca el efecto que ese relato tuvo en mí, pero cada que me pongo frente a la hoja en blanco o con el cursor parpadeante en la esquina izquierda de mi monitor, intento recobrar ese asombro por las palabras.

Comentarios

  1. Es muy bello que encontraras refugio en la literatura y las palabras, y que a pesar de los demás te animaras a seguir tu pasión de vivir escribiendo.

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